5/13/2015

MIS MANOS

 

 

 

MIS MANOS

Nunca volveré a ver mis manos de la misma manera

El abuelo, con noventa y tantos años, sentado débilmente en la banca del patio, no se movía.
Solo estaba sentado cabizbajo mirando sus manos.
Cuando me senté a su lado no se dio por enterado y entre más tiempo pasaba,
me pregunté si estaba bien.
Finalmente, no queriendo realmente estorbarle sino verificar que estuviese bien,
le pregunté cómo se sentía.

Levantó su cabeza, me miró y sonrió.
“Estoy bien, gracias por preguntar”, dijo con una fuerte y clara voz.

No quise molestarte, abuelo, pero estabas sentado aquí simplemente mirando tus manos
y quise estar seguro de que estuvieses bien”, le expliqué.

El abuelo me preguntó: “¿Te has mirado alguna vez tus manos?
Quiero decir, ¿realmente te has mirado tus manos?”

Lentamente solté mis manos de las de mi abuelo las abrí y me quedé contemplándolas.
Las volteé, palmas hacia arriba y luego hacia abajo.
No, creo que realmente nunca las había observado mientras intentaba averiguar qué quería decirme.

El abuelo sonrió y me contó esta historia:

Detente y piensa por un momento acerca de tus manos como te han servido a través de los años.

Estas manos aunque arrugadas, secas y débiles
han sido las herramientas que he usado toda mi vida
para alcanzar, agarrar y abrazar la vida.

Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo.
Cuando niño, mi madre me enseñó a plegarlas en oración.
Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas.
Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas.

Mis manos se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi recién nacido hij

Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y esposa y
cuando caminé por el pasillo con mi hija en su boda.

Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello y lavado y limpiado el resto de mi cuerpo.
Han estado pegajosas y húmedas, dobladas y quebradas, secas y cortadas.

Y hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí, sigue trabajando bien,
estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y se siguen plegando para orar.

Estas manos son la marca de dónde he estado y la rudeza de mi vida.
Pero más importante aún, es que son ellas las que Dios tomará en las suyas
cuando me lleve a su presencia.

Desde entonces, nunca he podido ver mis manos de la misma manera.

Pero recuerdo cuando Dios estiró las suyas y tomó las de mi abuelo y se lo llevó a su presencia.

Cada vez que voy a usar mis manos pienso en mi abuelo;
de veras que nuestras manos son una bendición.

Hoy me pregunto:
¿Qué estoy haciendo con mis manos?
¿Las estaré usando para abrazar y expresar cariño
o las estaré esgrimiendo para expresar ira y rechazo hacia los demás?

Jannine Gorocica L.

 

3 comentarios:

  1. Hermosa historia, de verdad que si nuestras manos nos han servido tanto, gracias por recordarmelo. bendiciones

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  2. Agnes Jannet González Godoy13 de mayo de 2015, 20:22

    Muy linda historia, pero yo siempre he pensado cuan importantes son mis manos, incluso he dicho si por algún motivo tuviera que perder algunas de mis extremidades preferiría que fueran las piernas, porque en silla de ruedas podría seguir moviéndome, pero "JAMAS PERDER MIS MANOS", por todo lo que ese abuelo describió en su comentario. Muy Sabio él.

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  3. Que bella reflexión y pensar que hay tantas personas que solo usan sus manos para golpear a los demás y hacer señales obscenas, hay que usar las manos de la manera que mas agrade a Dios, dando, abrazando, bendiciendo, ayudando, apoyando, etc.

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